
El Vendedor de Espantapájaros
- Milcíades Arévalo -
Para ser tuyo tendría que morir. Luis Rogelio Nogueras
Salí a buscar a mi padre no porque yo lo quisiera sino para que Argénida no perdiera el seso. Todas las noches iba a esperarlo a la vera del camino y se quedaba hasta el amanecer tragando luciérnagas, tantas que ya no parecía la que era sino un alma fosforescente, tan llena de luz por dentro que se le notaban los huesos. Al verla en tal estado, prometí ir a traerle a mi padre y de paso el más hermoso pájaro que encontrara por el camino. Seguramente los pájaros eran lo que menos le importaban, porque al partir me entregó una jaula con esta recomendación:
--Dile que me devuelva el corazón.
--Y, ¿cómo voy a saber qué trazas tiene mi padre si ni siquiera sé quién es?
--Tiene tus ojos.
Me fui preguntándolo por donde pasaba, llegué a distintos lugares, saludé a muchos que dijeron llamarse como mi padre, pero ninguno quiso meter su corazón dentro de la jaula. Al llegar a la orilla de un río de aguas torrentosas, un anciano que parecía una araña de tres patas, quiso saber para dónde iba con una jaula vacía.
--Voy para el Cruce de los Vientos.
El anciano quedó hondamente conmovido con el relato de mi desgracia, mucho más cuando le conté de la soledad de Argénida y de los espantapájaros que nos perseguían a todas partes como un recuerdo ingrato.
--Es mejor que te regreses por donde has venido; es el único consejo que te puedo dar –dijo, y siguió hablando de los peligros a los que estaría expuesto por buscar a un hombre que tal vez ni siquiera me iba a reconocer como su hijo. Mi corazón empezó a agitarse como un pez en el fondo de un reloj de arena y sin que el anciano se diera cuenta lo dejé hablando solo y me tiré al río y comencé a bracear a brazo partido contra la muerte, los bufeos, las escafandras y los esqueletos de cal y lumbre.
--¡Muchacho, te vas a perder! –le oí gritar como si yo fuera su hijo perdido y encontrado de nuevo. Al llegar al otro lado del río, exhausto y a punto de perder el seso, me recibió una muchacha desnuda con una canasta de pétalos. ¡Era tanta su belleza que ni siquiera parecía de este mundo! Me preguntó quién era yo. Uno más entre los mortales, le dije para no entrar en mayores detalles. Tenía los ojos azules para que todos los que me vieran una sola vez dijeran siempre: “Por aquí también pasó”, para que en todas partes recordaran mi rostro de agua y mis pasos de agua...
--¿Y tú cómo te llamas? De pronto te pareces a algo…
--Fadia. ¿Para dónde vas con esa jaula? --me preguntó como si yo era su novio invisible.
¡Oh, hermosa muchacha! Todo lo que ella decía era para creerlo, tanto que yo hubiese querido ser muy rico para irme con ella lejos de este mundo y quedarnos a vivir allá por el resto de la vida y para siempre.
--Voy a buscar a mi padre; me dijeron que vive en El Cruce de los Vientos.
--Mi madre dice que en ese pueblo vive un hombre que se la pasa hablando del amor para no acordarse de la soledad que lleva por dentro.
--Mi padre era experto en espantapájaros, no en el amor.
Bueno era el sol, la tarde, la palabra encantada, más mi sorpresa fue grande porque al llegar a un inmenso bosque había un caballo, brioso, enjaezado, negro y de pelo brillante. Fadia se montó y comenzó a galopar por la vega del río como una amazona, haciendo olas con su pelo al viento. Después ya no fue más sino distancia. Nadie podía detenerla, ni siquiera yo vestido de viento. Tal vez por eso unos señores fueron a buscarla haciendo sonar sus espuelas de plata y azuzando a sus perros de presa como si se tratara de darle caza a una venadita y no a una muchacha desnuda.
“--¡Pobrecita Fadia!” –pensaba yo e imaginaba –imaginar era mi pasión más afortunada--, los dientes de los perros sobre su piel suavecita y delicada como la nada. Desde ese momento todo fue un no ser, un no estar aquí, de la inocencia a la furia, de la furia al cansancio, del cansancio al reposo… Era tanta mi desolación que decidí ponerme a cantar como si me estuvieran desgarrando el corazón. Unas mujeres que venían de llorar un muerto, estuvieron a punto de tirarme entre las zarzas de la desolación.
--Tu padre fue el que nos enseñó a soñar al revés --dijeron en coro.
--Seguramente era alguien parecido a mi padre, un simple vendedor de espantapájaros que nunca tuvo nada, ni siquiera tiempo para perderlo como más le gustaba –les dije y continué mi camino.
Serían las diez cuando llegué a una aldea de paso. No había ni siquiera una tienda abierta, nada que dijera que allí vivía gente. A la gente de ese lugar le daba mucho miedo la oscuridad y prefería acostarse temprano y dejar todo en manos de la desgracia. Después de merodear por las calles, tropecé con un hombre sin otro oficio que el de mirar el horizonte, más parecido a una estatua de sal que a una persona. Al verme con la jaula vacía me preguntó:
--¿Para dónde vas, hombrecito?
--Voy para El Cruce de los Vientos --le respondí. Un relámpago estremeció el cielo y fue como si la oscuridad se hubiera tragado el mundo.
--Yo también voy para el mismo lugar.
Para no quedarme solo en esa aldea sin nombre, lo seguí por un camino de herradura. El cielo era cada vez más negro, asaeteado insistentemente por los relámpagos lejanos. “Ojalá no se nos venga el aguacero encima”, pensé y fue como si el hombre me oyera pensar porque me respondió con la misma emoción del que ha visto llover durante toda su vida:
--No demora en llover.
En medio del camino parecíamos dos sombras haciéndole compañía a una misma soledad. Cuando le pregunté si no iríamos a perdernos en medio de tanta oscuridad, el viento se puso a brincar entre las ramas y vi a ambos lados del camino a unas mujeres preñadas de lástima. Cogí una piedra, por si llegaba a sucedernos alguna desgracia.
--¿Qué estarán esperando esas señoras?
--Son ánimas. No las mire para que no sepan quién es usted.
El hombre se agarró la gorra para que no se la tumbara el viento que nos venía persiguiendo y empezó a caminar más de prisa. Se me ocurrió pensar que quería abandonarme a mitad de camino. Nada se lo impedía. Al fin de cuentas lo único que nos unía era que íbamos para el mismo lugar.
Después de mucho caminar por entre hondonadas y terroneras, llegamos a una casa impregnada de salitre en la que no parecía habitar más que el viento. Pasaron varios minutos sin que sucediera nada, tal vez porque era de noche y hasta los perros estaban durmiendo. El hombre se puso a llamar a alguien que llevaba atravesado en la garganta, pero nadie le respondió.
--Nunca vi tanta soledad junta -me lamenté.
--¿Qué le hace pensar eso? Para mí tengo que la soledad es igual en todas partes –dijo el hombre. Entró a la cocina, encendió una lumbre y se puso a soplar las cenizas del fogón. Una llamita chisporroteó con lástima y poco a poco fue creciendo, creciendo, desbaratando la oscuridad que nos envolvía. Me asomé a la ventana: faltaba poco para que la lluvia comenzara a golpear el techo, rogando que la dejáramos entrar para calentarse un poquito. Después de un rato bien largo en el que tuve tiempo de oír pasar el viento, el crepitar de la candela, los ruidos de la noche, me ofreció un jergón para dormir.
--Ojalá no sienta frío -me dijo.
Me acosté, pero no pude dormir: por todos lados se colaba el viento. Y además: el resplandor de los relámpagos rasgaba el firmamento a cada rato, el aleteo de los pájaros en la penumbra, el chisporroteo de los leños del fogón… Si Argénida no hubiera vendido los recuerdos que le quedaban para comprar la jaula, tal vez yo no habría venido a buscar a mi padre.
El hombre se puso a hablar dormido y supe que de tanto andar se había perdido. Deseé que no se fuera a pasar el resto de la noche hablando de sus desgracias porque yo bastantes tenía.
--¿A quién anda buscando, hijo? --me preguntó de repente.
--A mi padre.
--Ya era hora que alguien se acordara del pobre Marcovaldo –dijo y siguió durmiendo.
El resto de la noche no pasó nada.
Antes de que cantaran los gallos amaneció. Me levanté, me asomé a la ventana. La lluvia había lavado la tristeza de la noche anterior y todo parecía de otro color. Recorrí las piezas, pero no encontré a nadie, sólo un almanaque del siglo pasado, un mapa y el esqueleto de un espantapájaros. Al ver tanta desolación, tomé la jaula y empecé a desandar el camino. Cuando Argénida me vio regresar sin el corazón de mi padre, fue como si yo le hubiera quitado la risa para siempre. Lo único que le pude decir fue:
--El amor lo mató.
Para Adara
Milcíades Arévalo, nació en El Cruce de los Vientos (1943). Durante su vida ha sido marinero, empleado bancario, vendedor de libros, fotógrafo, periodista cultural, publicista, jurado en distintos concursos de cuento y poesía, conferencista de literatura colombiana, corrector de estilo, dramaturgo, editor y director de la revista Puesto de Combate de la Sociedad de la Imaginación , fundada en 1972. Aunque estudió español y literatura, se considera autodidacta. Ha conocido muchas ciudades, puertos y gentes, lo cual le ha permitido hacer de su narrativa una experiencia vital. Entre sus libros publicados se destacan El oficio de la Adoración (Relatos, 1988), Inventario de Invierno (Cuentos juveniles, 1995) y Cenizas en la Ducha (Novela, 2001). Tiene varios libros inéditos, entre ellos: Manzanitas verdes (Cuentos), El Jardin Subterráneo (Teatro) Galería de la memoria (ensayos), La Loca poesía (Antología) y El Héroe de todas las derrotas (Novela).
