Jaime Jaramillo Escobar

(Pueblorico 1932)

 

El cuerpo

“¡Qué farsa!”

J. P. Sartre

 

He aquí, de esto se habla.

El cuerpo nos goza y lo sufrimos.

Lujo de la Naturaleza , pagamos por él nuestra alma.

Esclavo de los dioses, el hombre es un ser aterrado,

y sólo en el usufructo de su cuerpo deposita su esperanza.

Su cabeza añadida luce su conversación como un pavo real,

y sentado en un tapete de luna su lengua salta delante de sí

como una serpiente encantada.

Orgullo del alma, el cuerpo es regocijo y alimento,

y baila ante los dioses como el árbol frente a la tormenta.

El cuerpo toca otro cuerpo y no percibe sino otredad.

“Rosa”, decimos y la rosa es un mito del alma, porque la

carne del cuerpo no se reconoce sino a sí misma.

El cuerpo, Devorador, todo hecho para devorar,

el alma de este cuerpo no puede ser sino también devoradora.

Somos un surtidor, con nuestros brazos que se agitan y

nuestra boca llena de agua.

Tenemos lo que tiene la nube, he aquí esta adivinanza, por

eso la tierra nos absorbe.

Rebelión de la materia, el cuerpo se avolcana, se incendia,

impone hermosura,

y no queremos ser sólo cuerpo.

Por yo aconsejo: hazte amigo del sepulturero.

 

(De “Los poemas de la ofensa” Ciclo II: Testigo del hombre).

 

El deseo

Hoy tengo deseo de encontrarte en la calle,

y que nos sentemos en un café a hablar largamente de las

cosas pequeñas de la vida,

o recordar de cuando tú fuiste soldado,

o de cuando yo era joven y salíamos a recorrer juntos

la ciudad, y en las afueras, sobre la yerba, nos echábamos

a mirar cómo el atardecer nos iba rodeando.

Entonces escuchábamos nuestra sangre cautelosamente y nos

estábamos callados.

Luego emprendíamos el regreso y tú te despedías siempre en

la misma esquina

hasta el día siguiente,

con esa despreocupación que uno quisiera tener toda la vida,

pero que sólo se da en la juventud,

cuando se duerme tranquilo en cualquier parte sin un pan

entre el bolsillo,

y se tienen creencias y confianzas

así en el mundo como en uno mismo.

Y quiero además aún hablarte,

pues tú tienes dieciocho años y podríamos divertirnos esta

noche con cerveza y música,

y después yo seguir viviendo como si nada…

o asistir a la oficina y trabajar diez o doce horas,

mientras la Muerte me espera en el guardarropa para

ponerme mi abrigo negro

a la salida,

yo buscando la puerta de emergencia,

la escalera de incendios que conduce al infierno,

todas las salidas custodiadas por desconocidos.

Pero hoy no podré encontrarte porque tú vives en otra

ciudad.

Mientras la tarde transcurre

evocaré el muro en cuyo saliente nos sentábamos

a decir las últimas palabras cada noche,

o cuando fuimos a un espectáculo de lucha libre y al salir

comprendí que te amaba,

y en fin, tantas otras cosas que suceden…

 

(De “Los Poemas de la ofensa”. Ciclo III: Los poemas de la envidia)

 

 

Problemas de la estética contemporánea

La magnitud de la humanidad pesa sobre cada uno de nosotros,

y sentimos profundamente a los antípodas pateando

sobre nuestro corazón.

De modo que no es extraño que andemos como unos cristos abofeteados

en busca de una cruz para apoyarnos.

Habiendo subido a lo alto de una colina una noche, ante mí se extendía

la ciudad como una piel de tigre.

Y en el licor de las copas cintilaban las lucecillas de tres almas.

La última era la mía, alma siempre sobrante y solitaria.

Por el aire volaban dentelladas y entonces apareció el Diablo

y me dijo: “Te lo daría todo si postrado me adoraras”.

Ser dueño del mundo es lo mismo que no tener nada, pues

el error existe en todo y siempre nos engañan.

Mis jeans y mi chaqueta no se pueden cambiar por un edifico de cinco

pisos ni por un puesto en las oficinas del Gobierno.

Prefiero andar derrotado por los alrededores de talleres de mecánica y

cobertizos de carros.

Allí todos tratan de poner en sus vidas las mejores cosas que

pueden, y así recogen una flor, una novia y un espejo.

Este esfuerzo colectivo me enternece y de pronto, sin darme cuenta,

le sonrío a la gente como un perro.

Una mañana andaba un hombre desnudo por las calles de

la ciudad.

La policía lo metió a la cárcel pocas horas después, como a

todo hombre que intenta ser feliz.

Porque todo lo que no está dentro de la Ley está fuera de ella.

Y dentro de la Ley no puede haber un hombre desnudo

porque la Ley es hecha por los representantes de los propietarios

de las fábricas de tejidos.

Como tampoco puede haber un hombre con hambre, porque

el hambre del pobre es resbalosa.

A la puerta de un pequeño restaurante donde entré un día

se paró un hombre hirsuto que después de mirar se fue

diciendo:

“¿Con que comiendo, he? ¡Me alegro, me alegro!”

Y su risa cayó sobre la sopa como una araña negra.

 

El fabricante de rosquillas puede al menos comérselas,

pero el que sólo sabe hacer poemas, ¿qué comerá?

Si una pregunta no tiene respuesta lo mejor es cambiar de

pregunta y de problema.

Para eso hay petulantes que nos dicen:

“¡Dedícate a la estética!”

 

(De “Los poemas de la ofensa” Ciclo II: Testigo del hombre).

 

 

Mama negra

Cuando mamá negra hablaba del chocó

le brillaba la cadena de oro en el pescuezo,

su largo pescuezo para beber agua en las totumas,

para husmear el cielo,

para chuparle la leche a los cocos.

Su pescuezo largo para dar gritos de colores con las guacamayas,

para hablar alto entre las vecinas,

para ahogar la pena,

y para besar a su negro, que era alto hasta el techo.

Su pescuezo flexible para mover la cabeza en los bailes,

para reír en las bodas.

Y para lucir la sombrilla y para lucir el habla.

 

Mamá negra tenía collares de gargantilla en los baúles,

prendas blancas colgadas detrás del biombo de bambú,

pendientes que se bamboleaban en sus orejas,

y un abanico de plumas de ángel para revolver el aire.

Su negro le traía mucho lujo del puerto cada vez que venían

los barcos,

y la casa estaba llena de tintineantes cortinas de conchas y de

abalorios,

y de caracoles para tener las puertas y para tener las ventanas.

Mamá negra consultaba el curandero a propósito del

tabardillo,

les prendía velas a los santos porque le gustaba la candela,

tenía una abuela africana de la que nunca nos hablaba,

y tenía una cosa envuelta en un pañuelo,

un muñequito de madera con el que nunca nos dejaba jugar.

Mamá negra se subía la falda hasta más arriba de la rodilla

para pisar el agua,

tenía una cola de sirena dividida en dos pies,

y tenía también un secreto en el corazón,

porque se ponía a bailar cuando oía el tambor del mapalé.

Mamá negra se movía como el mar entre una botella,

de ella no se puede hablar sin conservar el ritmo,

y el taita le miraba los senos como si se los hubiera

encontrado en la playa.

Senos como dos caracoles que le rompían la blusa,

como si el sol saliera de ellos,

unos senos más hermosos que las olas del mar.

Mamá negra tenía una falda estrecha para cruzar las piernas,

tenía un canto triste, como alarido de la tierra,

no le picaba el aguardiente en el gaznate,

y, si quería, se podía beber el cielo a pico de estrella.

 

Mamá negra era un trozo de cosa dura, untada de risa por

fuera.

Mi taita dijo que cuando muriera

iba a hacer una canoa con ella.

 

(De “ Los poemas de la ofensa ”. Ciclo I: Averiguaciones de la poesía).

 

Conversación con W. W.

“El sapo es una obra maestra de Dios”

Walt Whitman

 

Viejo, no te burles,

que Dios hizo lo que pudo.

 

Además, el sapo no es la medida de Dios, evidentemente,

pues el elefante es un monstruo más grande, con su

larga nariz,

y el hombre un monstruo todavía más grande, portador

a dos manos de su alto falo,

de cuya punta beben las jirafas del crimen,

y quien, no contento con su estatura,

ha levantado estatuas suyas gigantescas sobre altísimos

pedestales,

pero entonces se han levantado también estatuas de Dios

igualmente altas y arrogantes,

ya que Él no quiere ser menos que el hombre.

¿Y has visto en cambio a los sapos u otros animales

levantándose a sí mismos monumento alguno o

siquiera una tumba?

Sólo tienen estatuas los animales que el hombre ha

tomado por compañeros, como el caballo,

y eso porque aparece montado encima de él

para hacer más alto su pedestal;

y el perro por la comprensión sexual que hay entre los

tres: Dios, perro y hombre.

Y las figuras de águilas y de leones porque el hombre

siempre ha aspirado a ser un animal feroz y

de rapiña;

eso, claro, lo sabemos,

pero la hormiga no reconocería un monumento a su

laboriosidad,

ni la abeja un monumento a la hormiga,

y menos la rana: no la nombres,

la pobre rana que se pasa gritando en las lagunas para

decir que está allí,

igual que tú,

y que Dios que es el que más grita.

 

Pobrecito Dios; ¡y tú burlándote!

Si creó a los poetas, ¿por qué no podía crear también la

rana?

¿No creó a la tortuga?

¿y al armadillo que es una tortuga torturada?

¿Es que Dios no creó sino sólo monstruos?

¿Y qué otra cosa podía hacer?

 

Dices que tu amante no es un monstruo, pero yo le veo

diez uñas afiladas,

y un pene como una sanguijuela pegado a ti toda la

noche;

no charles, Walt,

tómate esa cerveza sin mojarte la barba,

viejo marrullero,

andando en peloto por las calles de Maniatan delante

de los aprendices

durante un sueño que tuviste una noche cuando te acostaste

un poco ebrio.

 

¿Conque la rana es una obra maestra de Dios, no?

¡Entonces yo también!

Y si yo soy una obra maestra de Dios entonces Dios tiene

que ser muy pequeño,

un artista muy malo, francamente.

(De “Los poemas de la ofensa” Ciclo II: Testigo del hombre).

 

Ciro de Medellin

Cuando le conocí,

El maestro Ciro Mendía estaba completamente ciego,

y se veía obligado a depender de personas que le robaban a

cambio de la más mínima caridad.

El maestro Ciro Mendía, que había escrito tan jocundos

versos,

estaba en ese año de 1978 sin un plato en qué comer,

pero tampoco tenía qué comer ni comía.

Tomaba aguardiente con cáscaras blancas de limón,

y se arrastraba hasta el andén para rogar a algún transeúnte

apresurado

que le tomara al dictado los versos que había compuesto

durante el día de insomnio,

pero nadie tenía tiempo para ocuparse de semejante cosa,

y el poeta repetía sus versos hasta que se le olvidaban.

Le habían hecho completamente a un lado por sus ideas “de

izquierda”,

que nunca supo lo que hacía su derecha,

porque la mano izquierda es analfabeta.

En ese Medellín pedestre que frente al mundo tiene una

sola pregunta: “Cuánto vale? (como los gringos),

y una sola respuesta: “¿Cuánto me rebaja?”,

Ciro Mendía tenía el orgullo y la dignidad y la nobleza de la

vieja raza,

y en la práctica había dejado de ser antioqueño, pues nunca

me preguntó “¿Cuánto le debo por su abrazo?”, “¿Cuánto

me paga por el mío?”

“Aquí tiene un abrazo gratis, le deseo suerte, Caballero, y le encimo

esta mano huesuda que ya no me sirve para nada”.

Cuando le dieron el “Hacha de Antioquia”,

(esa hachita dorada, un bibelot),

él la recibió y permaneció en silencio.

Cuando todos los visitantes se fueron me dijo:

“¡Tantos rayos que caen, y no caerme uno a mí!”

Ya estaba muy triste y muy flaco el maestro Ciro Mendía

cuando le conocí.

El gobierno local le había retirado la modesta pensión que

le permitía sobrevivir, porque también estaba muy viejo,

y sólo la fábrica de licores le mandaba botellas de aguardiente,

que es lo único que ha dado Antioquia,

todo el orgullo de los antioqueños -ese falso orgullo-

reducido a sus borracheras de aguardiente.

No se resignaba el altivo maestro Ciro Mendía, no se resignaba

sin embargo,

y en la nobleza de su rostro, en sus finas manos, en el además

caballeroso, en sus elegantes palabras,

el poeta trataba de alzarse de sus cenizas, y en un esfuerzo

sobrehumano trataba a cada rato de colar.

Pero ya sus huesos estaban muy tristes y todos quebrados

desde la muerte de Vladimiro,

y no era cuestión de buena voluntad ni de fuerza de ánimo,

sino un simple problema de gravedad.

Con Vladimiro su hijo y con el Espíritu Santo, “esa paloma

estúpida”,

que sin embargo representa la inteligencia como propiedad

de la materia,

se encuentra en el reino de las chicharras y el cagajón,

que los mulos ponen gratis, pero los antioqueños lo recogen

para venderlo por libras de 400 gramos ,

el maestro Ciro Mendía, honor de su raza y de su pueblo,

me habla desde sus versos, con entereza, con amor, con

ternura y con ese humor a la antioqueña que tanto hace

reír al diablo.

No me habla desde su estatua, porque en Medellín no hay ninguna

estatua de Ciro Mendía, ni maldita la falta que hace.

Si hubiera sido un poeta antiguo, hubiese tenido su estatua

de mármol,

de epicúreo mármol de Paros.

Pero a pesar de ser antioqueño no tenía depósitos de ahorros,

ni propiedad raíz, ni era socio de nada, ni estaba

autorizado a portar tarjeta de crédito,

es decir, no era nadie,

pues en esta tierra donde cada poeta se considera el mejor

del mundo,

él apenas se atrevía a ser el mejor de su calle.

Quedó con la fama de no ser un poeta serio, porque no creía

en nada,

pero de todos modos nos dejó esa risa maliciosa, socarrona,

comprensiva,

que desborda inteligencia, bondad, aceptación y perdón.

No digo que no ha muerto, ni que está en el Cielo, ni digo

que resucitará, ni mucho menos que reencarnará.

Digo que el Universo se construye a sí mismo, porque el

universo es Dios.

 

(De “Sombrero de ahogado”, 1984).

 

 

Cómo me convertí en monstruo

Oculto en sus cavernas, el Poeta sintió

sus males horribles,

y un bulto de carne creció en su cabeza,

y escamas en su espalda y costados.

William Blake.

 

Contaré aquí cómo me convertí en monstruo, para lección

de futuras generaciones y de los que educan a sus hijos:

Difícilmente mi mano, transformada en garra, puede tomar

la pluma y dibujar torcidamente las letras;

empero, haré este último esfuerzo antes de que la Muerte me

abata con su coletazo final,

porque pienso en aquellos jóvenes que están propensos a

convertirse en monstruos como yo,

y para liberar, por medio de este último acto, mi alma a la

que mando andar errante por las cavernas después de mi

muerte.

El cabello se eriza en mi cabeza y también el vello de mis brazos,

y el frío maligno que me recorre hace temblar todo mi

cuerpo al escribir estas líneas.

¡Oh vosotros amantes de los monstruos, a quienes lleváis jalea

hasta la más profundas grietas de la tierra!

Sabed, pues, que en aquel día de la costa yo era joven y me

bañaba desnudo en el agua salada,

respetado por los tritones y jugando con los peces que venían

a colear en mi mano.

Mi padre, en su casa del horizonte, se pasaba todo el día

reforzando las redes con hilos de su larga barba blanca,

y mi madre desde las estrellas, no me veía.

Entonces vino el hijo del guardafaro con su novia de alambre,

y una urraca posada en el hombro derecho, que recitaba un

poema mágico escrito muchos siglos atrás por un

famoso monstruo de Asia.

Mi padre, en su casa del horizonte,

envolvía a mis hermanos en las redes,

y mi madre, desde las estrellas, no me veía.

Entonces el hijo del guardafaro me convidó a ir hasta una

Isla donde conseguiríamos una urraca para mí,

que recitara poemas escritos muchos siglos atrás por los

más famosos monstruosa del Asia.

Al norte de la isla se levantaba una gran ciudad, empalmerada

y más luminosa que el cielo estrellado.

Dirigiéndonos hacia ella, llegamos a la hora en que se encienden

las girándulas,

y nos fuimos inmediatamente al distrito donde pregonan

los vendedores de urracas, en los alrededores del puerto.

Varios años permanecimos extraviados en las calles de la ciudad,

sin lograr encontrar la salida para el regreso,

porque los poemas eran engañosos y describían equivocadamente

los planos,

a fin de retener a los escogidos hasta que los colmillos se les

pusieran puntiagudos y ya no pudieran abandonar jamás

la isla.

Y durante aquellos años una mano huracanada me dio a

beber todos los días el licor que aparta de los semejantes.

Entonces busqué esta caverna, más allá del Norte, y en ella he

permanecido solitario mirando transformarse mis

miembros y cubrirse de escamas mi cuerpo,

y todo aquél en quien se detiene mi pensamiento empiezan

a crecerle colmillos puntiagudos.

 

(De “Los poemas de la ofensa”. Ciclo IV: Gran ciclo de los relatos).

 

 

Apólogo del paraiso

Eva, transformada en serpiente, ofreció a Adán una manzana.

Fueron arrojados del Paraíso, pero ellos llevaron semillas

consigo,

 

Y Adán y Eva encontraron otra tierra y plantaron allí las

semillas del paraíso.

 

Podemos hacer siempre el paraíso alrededor nuestro donde

quiera que nos encontremos.

Para eso sólo se requiere estar desnudos.

 

(De “Los poemas de la ofensa” Ciclo II: Testigo del hombre).

 

La búsqueda

El enamorado busca su amor aún allí en donde sabe que no está,

como el aventurero busca su tesoro aún allí en donde no se encuentra,

y así como el hombre busca a Dios en toda parte y lugar sin

hallarlo nunca,

aun apostado esperando en los huecos de la esquina de la

sala, por donde salen los ratones,

y muere con la sonrisa de quien no encontró nada pero

buscó mucho,

hasta morirse.

Así yo he venido hoy domingo y te espero sentado en un pedazo de sol.

Días y noches de búsqueda por los más ignorados lugares,

preguntando en altas casas desde cuyos umbrales se divisa

a lo lejos la ciudad entre la bruma,

con el objeto de obtener un dato, una pista para seguir tu

rastro y dar con el lugar de tu paradero,

oh tú, por quien el pastor daría sus noventa y nueve ovejas

restantes.

Aquí pongo a secar al sol los paños de mi angustia más

íntima.

Buscadora de ausentes mi soledad quiere comerse su propio

amargo vientre.

Y hoy domingo busco en tu nombre antiguo y en tus ojos

asiáticos el tiempo,

mientras los siglos pasados me levantan, con peligro de Dios,

en brazo inmenso.

 

Pero tus bellos ojos no aparecen… y me voy a cansar.

 

 

(De “Los Poemas de la ofensa”. Ciclo III: Los poemas de la envidia)

 

 

JAIME JARAMILLO ESCOBAR. Nació en Pueblorrico, Antioquia, Colombia, el 25 de mayo de 1932. Publicista durante varios años. Coordinador de taller de creación literaria y poesía en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, desde 1985. En 1958 se suma al movimiento nadaista, encubriendo su verdadero nombre bajo el seudónimo de X-504. En 1967 obtuvo el premio “Casius Clay” de poesía nadaista por su libro Los poemas de la ofensa . Ha publicado además, Sombrero de ahogado (1984) y Poemas de tierra caliente (1985), con los que ganó respectivamente, los premios nacionales de poesía Eduardo Cote Lamus y Universidad de Antioquia, en 1983. Otros libros publicados: Selecta (Poesía, 1987), Poemas principales (Valencia, España (2000), Método Fácil y Rápido para ser Poeta (Fondo Editorial Universidad Eafit, 2005) y Tres libros (que incluye Los poemas de la ofensa, Sombrero de Ahogado y Poemas de Tierra caliente), fue publicado por Alforja Conacultura-Fonca (México 2006). Traductor de Mario Quintana, Luis Sperb y Geraldino Brasil). Compilador y editor de León de Greiff, Ciro Mendía, Luis Carlos López y Porfirio Barba Jacob. Respecto a su poesía Andrés Holguín, dijo: “En sus versos -excepcionalmente renglones tradicionales; casi siempre amplias prosas poemáticas- todo sistema se evapora. Mundo y juego humano pierden sentido. Poesía terriblemente auténtica –original no sólo en sus temas sino en la manera de tratarlos-, en cuyo acento resuena un sombrío Baudelaire contemporáneo. ¿Un Blake? ¿Un Claudel ateo? ¿Un Blois actual? Su poesía denota un pensador hondo, desgarrado como los más altos líricos, sensual y amargo, patético siempre, con algo kafkiano. Este insondable X-504 resulta imprevisible, insobornable. Al asomarnos a sus vernos nos hallamos ante un abismo. Su aventura sigue abierta, inédita. Parece buscar, con amargura contenida y mucha dulzura íntima, una serenidad que constantemente se le niega”.

 


Anterior