Los Lugares Comunes

El nacimiento de un poema es una epifanía aunque se quede suspendido en un alcázar de papel. Cada palabra convocada alcanza en la concreación que es el poema, el poder de un arcano milenario o el misterio de un acto demiúrgico. Todo poema es revelación del alma poética que habita suspendida entre nuestras cosas. Las imágenes que el poeta encierra desde las más elementales a las más herméticas quieren nombras lo inasible. Ha sido así siempre desde las remotas playas del mar Egeo, hasta las brumosas sabanas de este mar Caribe, pobladas de los lugares comunes y milenarios que nos devuelve hecho versos Beatriz Vanegas Athías.

Lugares comunes en la geografía del fuego, cotidianas desgarraduras de espacios, miradas redentoras para la desesperanza. Alguien dijo que el título ideal para todas las novelas bien podría ser la apretada añoranza de “la búsqueda del tiempo perdido” y por analogía podríamos proponer que el título ideal para todo poemario es “lugares comunes” por la conmovedora humildad que le devuelve al acto poético. Beatriz Vanegas Athías lo ha comprendido, con la certeza de estar ofrendando más que sortilegios de palabras, más que laberintos insalvables, que aforismos disonantes o cacofonías inútiles. Hay en sus versos transgresión de las formas y una intención sincera de poetiza lo que se ha vuelto demasiado cercano. Hay más tropos de lo evidente que búsquedas de formas en el lenguaje, pero quizá por ello el lugar avanza.

El nombre de este poemario lejos de conducirnos a la inmediatez que parece apoderarse de los instantes secularmente manoseados, de bordear los límites de una temática que nos insensibiliza, viene a recordarnos que los temas de siempre en nuestro repertorio de dolor, de muerte o de violencia, pueden, por la gracia de una imagen poética, devolvernos al verdadero lirismo.

Rastros y rostros de lugares y seres amados, acaso de aquellas figuras que se hacen insustituibles por estar allí tan cerca de nuestra desidia. Todo lo que la poetisa quiere quizá como su “balcón propio” un espacio donde la palabra reviente en sentidos, más que el cuarto propio de la Wolf , lo que Beatriz Vanegas Athías dibuja es una estancia entre las brumas del recuerdo de lo que es amado; en una sabana para esperar en su mecedora la tarde, la lluvia, la noche y la mano pequeña y nutricia por la que el amor se vuelve alimento.

El dolor en la ventana de un alma desesperanzada con la secreta pulsión del regreso. O en un pasillo, en el recuerdo, en la calle y en la puerta, una anhelante que convoca y oficia. Y más allá de los lugares de la memoria y el recuerdo, de la desazón y la espera: un río, la carretera, la noche y el día, un ventilador o las cortinas como pares, binomio de una fatalidad. Una historia que los opuestos vivifican. Sus poemas son un canto a la esperanza cuando el deseo más íntimo es la huida. La profundidad del sentimiento catapulta las imágenes: ése será el mayor surtidor mientras el juego de la técnica o las retóricas de la psiquis no consuman la poética del día a día. En un segundo aparte, y luego de los rostros más cercanos que son acaso los testimonios de los sentidos vencidos. Qué le proponen sus mujeres milenarias y paridoras o las que se pasean por sus ojos lectores, acaso sólo alta consumación de su existencia. Qué busca en sus goces y sus abismos. En la sombra que se difumina la autora se apresura a rastrear lo esencial.

Para llegar a los “rostros del horror” donde el lugar de la crónica es desplazado por una imaginería del verso sentencioso. El lenguaje de sus historias es narrativa del instante. Juego, para trasponer la ligera declaración de la noticia dolorosa en metáfora, sinécdoque de la tragedia desgastada para el espectador ajeno.

La invitación a una lectura de las máximas epigramáticas que se encuentra en los “lugares” y los “rastros” comunes de Beatriz Vanegas Athías, es una tarea que estamos llamados quienes confiamos en que la poesía como acto, como condición vital, como comunicación y comunión con lo trascendente vuelve por la exaltación de los sentidos. Pero también para quienes encuentran en el poema una de las mejores y más elevadas formas del lenguaje humano para expresar lo cotidiano y lo inmanente.

- Mónica Fortich Navarro -


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