Una Poética de la Ciudad

 

- Claudia Trujillo -

 

Al principio de la eternidad, los hombres desnudos frente al viento levantaron desde el regazo del paisaje, con nieve y fuego sus casas; con tal acatamiento, sin herirle, con la delicadeza y la sabiduría de quien intuyera un sentido superior, en aquella primera relación con los elementos de la tierra.

C.Trujillo

1. Mito, paisaje, ciudad

I

Un destello de lo sagrado horada la tiniebla primera. Una mirada llena de luz golpea la piedra y hace fuego, escucha el trueno, sigue el camino del relámpago, descubre la herida en la punta del pedernal y asesina para defender su soledad.

Su rostro inquiere el silencio, la estrella, el huracán. Sus manos son fuertes, pero dóciles entre las garras de la bestia. Al beber agua en los charcos descubre su tristeza. Su gesto indefenso nace en el cielo, pero su cuerpo reposa en la tierra. Para romper el miedo se inventa sonidos que luego serán las palabras del amor, las del ruego, las de la muerte.

Cuando se abandona en las manos de la noche le son revelados los sueños para escapar. No comprende el río, ni el acaecimiento del tiempo que le arrastra, ni la ausencia que aquieta por siempre los labios de sus semejantes.

Una fuerza como la cólera o el dolor o la inquietud, hace que se yerga, que busque, que aprenda, que corra por la llanura para recordar la libertad.

Extranjero en éste paraje, demasiado pequeño al mirar el horizonte, demasiado frágil al compararse con la espesura de los montes; llora sin comprender la sal de sus lágrimas, declina su corazón sin saber frente a quién, y se entrega a los designios misteriosos de los días que van cayendo uno a uno entre sus manos.

Para resistir el amanecer se resguarda en cuevas de barro y ceniza donde almacena lunas y soles de ayer. Se envuelve en piel de cervatillo para ignorar la lluvia y olvidar el viento que le fustiga.

Al fuego del cielo, le llama Padre y le invoca a la hora de vencer la oscuridad. Al suelo donde posa su cuerpo le llama Madre, y le busca a la hora de refugiarse.

II

Con la lentitud que transcurre el infinito, han transcurrido las horas de los hombres. Ahora son pastores, sembradores y sacerdotes; y en ese tiempo inventaron palabras y signos para nombrar el universo. Se han tornado luego magos y poetas, designan a Dios cuando descubren el poder de los vocablos: uno llamó el hogar, el lugar de la casa; entonces como un acto de magia sus paredes se irguieron, sus techos se levantaron, sus ventanas se abrieron.

La casa que se nombra con la piedra, con cueros de animales, cortezas, caña y barro, con el brasero encendido para asustar la noche, la casa que ya existe por la llama del verbo entre las sombras. Ahora se comprenden los ríos y los árboles, y el paisaje se derrama en señales sobre el alba.

De súbito el lenguaje engendra lugares para celebrar la vida y las cosechas, la llegada del verano o de las lluvias, las ofrendas, las uniones... Tiembla en las voces y en los tambores de los rituales, en las máscaras y en los ornatos, en la veneración por los astros, en los rostros pintados de tigre, en la inmolación de los animales sagrados y en la pureza de las doncellas, un corazón del hombre acechado por la presencia de lo Divino, con su nostalgia de paraíso y de libertad.

Entonces se edifican las casas para soñar, se alzan los templos para el sacrificio, las plazas para los intercambios, los caminos para descubrir el destino, los lugares de poder para conectar lo Divino.

Como un conjuro para hallarnos, para percibir nuestra esencia colectiva, para acompañar nuestras dulzuras perdidas, para descubrir la verdad y la belleza, para consolarnos por la incertidumbre, para celebrar juntos la cicatriz de lo sagrado; sucede la ciudad.

III

Ciudad primera, acontecimiento del paisaje, aldea estelar, página de piedra luminosa, siempre abierta a las manos y a los ojos que leen sus secretos, recinto de la memoria, oculto fervor por los elementos, poética silenciosa atravesada por el tiempo.

Ciudad primera,

frente limpia, cuyos trazos anuncian el dibujo del cielo

estrella subyugada a su destino.

IV

Oh, vastos campos bajo la luz donde busca su estirpe una ciudad solar. Es el alma primera, quien os contempla desde la sombra. Sólo a la espléndida guerra del amor le debes pedestales secretos. Entre tus paredes, los héroes han atravesado puertas cerradas y luego se han derrumbado; pero los hombres simples han tributado los hilos de su corazón para el tejido de tus oficios.

Hoy, mensajeros del delirio disuelven con su canto la escoria del dolor y siembran alegría en el rostro de los niños, en venganza perfecta contra los imperios de la niebla.

Pálpito de certeza y fuego protector; entréganos un lugar para el abrazo de tu paisaje, que se enamoren nuestros ojos de tus estanques y tus náyades. Ahora, detén el absurdo de la diáspora, y en el pasar de tus nubes, devuélvenos la memoria de las estrellas...Sólo así, habremos encontrado una casa para nuestro ser, habremos conocido la ciudad, habremos habitado su nombre, nos haremos dignos de su polvo, habremos fundado un lugar para la poesía...Llevaremos en nuestra cotidianidad, apenas sin darnos cuenta, la huella de lo eterno.

V

Una sustancia delicada cubre la ciudad al caer la tarde...Quizás es el aliento de los ángeles, o la espina del tiempo en su fluir inexorable, delirante...Él, con su fiebre azul devora, despeña el vacío en el vacío, sin otorgar sitio posible para entregar el corazón, refugio alguno para descansar, orilla cierta para tomar respiro.

Las arenas celestes se arremolinan en las aceras contra los trozos de papel, rayados con poemas o recetas de cocina. El resplandor del dolor ciega la noche que baila con sus tambores y sus antifaces en el filo de los bares, porque el sueño inventa alegrías que se derrumban al amanecer.

En la gran fiesta, el color de la pólvora hace temblar el aire. ¿Pero dónde la ciudad sagrada si anda descalza, si apenas es el loco que se acuna, como un cometa extinguido, contra el pavimento?

VI

Al anochecer, rápidos murmullos, oídos que escuchan y se ensordecen para escapar, ojos que observan la fatiga de los autobuses y se pierden en la distancia.

Pero una ligazón invisible y desconocida mantiene el milagro; entonces la luna se desbarranca por las fachadas de los edificios a los pies de los vendedores de fruta, que ignoran su brillo a la hora de recoger sus mercaderías y aforar su cansancio. ¿Acaso están los pájaros perdidos en ese viento extraviado del paraíso? ¿O acaso las almas han trocado el aliento del paraíso en nuevas voces que ignoran el silencio? Quizás pasadizos secretos para alcanzar la danza de las sílfides o el canto de las ondinas en las fuentes, nos regresen. Tocarles en los rincones del paisaje, apenas con la mirada, sin herirlos, nos haría dueños de su presencia, nos regalaría la percepción de lo poético, aún sin saber de la poesía misma.

VII

Ciudad del tiempo, oscuro crisol donde cada quien refleja su fisura y encuentra el resplandor que le calcina. En ella, los insalvados, hallan la excusa perenne del dolor. En ella, hay viento posible para los desdichados y los ricos, para los locos y los iluminados, para los proscritos y los perseguidos, hay lugar en ella, para quienes sin pensarla, sin soñarla, sin diseñarla, la viven, y en esa vivencia la edifican.

Amarga y dulce, se despeña la ciudad sobre las almas como una sombra que no albergase dicha en el corazón, se desborda, vive el amor como una enfermedad, la pobreza como una condición sin salida, la tristeza como una herencia; y su labio destila en lo visible la rabia por todo lo negado, su resentimiento instala la fealdad en las esquinas; y los desechos que se lanzan al río o al aire, son su venganza.

La ciudad misma deviene del olvido. Las manos no saben qué construyen. Los obreros amasan el cansancio con el polvo, inclinados, ausentes de la obra.

Esa plaza donde no se celebra lo sagrado, ya no es de nadie. Los pasos suenan huecos en las aceras, sin una Divinidad que les cobije. Desde lo alto, los astros tienden su relámpago en las miradas que ignoran el cielo; pero los elementos siguen sus leyes inagotables a espaldas de los hombres.

VIII

La ciudad, un estremecimiento como la barbarie, como la locura... una trampa de luz.

En el centro de la noche, su rugido

el murmullo interminable que se levanta desde el miedo;

pero una antorcha sigue ardiendo

en aquellos corredores oscuros de la memoria.

IX

Hemos fundado ciudades con el efímero imperio de la razón

pero su viento frío, pasa y corta...

todavía pequeños

todavía frágiles

todavía indefensos;

nómadas tristes echados al olvido de los dioses

pastorcillos perdidos en la pradera del asfalto,

extraviamos la aldea, la magia, el calor de las manos

sus ceremonias, sus hechizos

su consuelo.

Pero ahora, prestad oídos a las noticias del cielo

venid a la plaza para danzar bajo la luna

pintad vuestro rostro con las rayas del tigre

para espantar la noche,

declinad vuestro corazón al brillo de lo pequeño.

Oíd trompetas como ángeles ungiendo el alba

destello que incendia el barro

para amasar el ojo nuevo,

la brasa que penetra la bruma

y detiene el peligro al borde del día.

A la acechanza de luminosos mensajeros

se consagra el espíritu,

a su memoria que purifica como una plegaria

a su gracia que borra el dolor

el abismo

la espina del tiempo.

X

Una ciudad de piedra temblando entre la tarde,

la tarde como un gran mar anegando un poema.

En el poema

tú,

relámpago de pájaro y estrella,

una estrella incendiando el paisaje

y en el paisaje

mi corazón inmerso

hechizado

feliz.

2. Habitar poéticamente la ciudad

Hörderlin se preguntó por todos una vez: “¿Y para qué poetas en tiempos de miseria?”. La respuesta la dio él mismo al decir: “Para habitar poéticamente el mundo”.

Hoy, aferrados a la fe indeclinable en la palabra, nuestros labios responderían: Quizás para no extraviar el hilo de Ariadna, cuya empuñadura promete la luz de la salida, la libertad. Quizás para no renunciar a la exactitud de la belleza y la verdad que se encuentra en el corazón de las cosas y a cuya estancia sólo se accede por la poesía... Verdad y belleza que sostienen el mundo en su paradojal disonancia y armonía. Y justamente, para librarnos de la miseria, en la redención exhalada por las palabras que curan y dan vida; que nos entregan lo permanente, lo esencial , lo que no cesa.

No obstante, el siglo XX dio lugar a la confrontación más terrible de estas premisas bajo el horror de las grandes guerras, la presencia de los totalitarismos, la barbarie, el sometimiento de las conciencias al poder hegemónico de los sistemas ideológicos, religiosos, políticos y económicos. Ser poeta en un mundo así fue entonces la tarea más absurda, más ingenua, más inútil al parecer. Sin embargo, el propio Hörderlin también había llamado la atención sobre esto: “El lenguaje es el más peligroso de los bienes” y “la poesía es la más inocente de las ocupaciones”. Conciliar “El más peligroso de los bienes” con la “más inocente de las ocupaciones”, según el filósofo Martin Heidegger, fue el camino a seguir. Porque el poeta en el mundo moderno no podía dejar de existir, y, por el contrario, debía asumir su papel, su misión – dirían otros-, ante la historia, ante la vida, ante la sociedad como parte fundamental y fundamentadora de una conciencia, una sensibilidad, una forma de vivir y enfrentar este tiempo.

De tal suerte que hoy nos vemos todavía interrogándonos acerca del sentido que tiene el arte, la belleza, la sensibilidad y el espíritu en medio de un mundo cada vez más pragmático, materialista en sus fines y sus métodos, racional y tecnocratizado, al punto en que cualquiera otra manifestación parecería ser un rezago de épocas primitivas y ha tiempos superadas.

Hay, evidentemente, un rompimiento formal entre lo que aún seguimos entendiendo como poesía y la realidad que nos rodea. La cultura ha avanzado en sus diferentes discursos, modelos, estructuras. Ya no es posible pensar las nuevas realidades que nos proponen estos paradigmas sino por medio de los nuevos lenguajes que, querámoslo o no, cobran toda su fuerza, su urgencia y verdad. Nuestra cultura moderna se mueve velozmente bajo una nueva y eficaz iconografía antes que sobre palabras y su uso convencional en cuestión. La poesía como tal se abre entonces a nuevos lenguajes, nuevos espacios de expresión. Según ello, debemos admitir que estamos en presencia de una nueva cultura fuertemente icónica. Lo cual no implica, de todos modos, el relevo de la palabra por la imagen -relevo imposible, por otra parte, ya que sabemos que los discursos socialmente dominantes se articulan necesariamente tanto sobre el registro de lo visual como sobre el registro de lo verbal- sino su corrimiento, su descentramiento respecto de la forma y la sustancia a partir de las cuales esos discursos se generan. Los discursos puramente verbales, se sabe, son desplazados en la cultura actual por los discursos predominantemente icónicos, y en ese desplazamiento las palabras se devalúan en un uso meramente instrumental que las convierte en una especie de moneda de cambio de las cosas. Ese uso instrumental nada tiene que ver con el uso estético, poético del lenguaje. Porque el uso poético de la palabra supone eludir sus formas mercantiles para enriquecerla con la formas verbales de la imagen. La poesía, también se ha dicho, no es más que la imagen encarnada en palabras, y por ello el ejercicio poético del lenguaje se vincula asimismo con cierta dimensión icónica, aunque en este caso se construya sobre la materialidad fónica de sus unidades. Así, frente a las imágenes móviles de los discursos actualmente hegemónicos, que confina la palabra a la función servicial de un instrumento, la poesía parece constituir una reserva donde el lenguaje todavía puede ejercer la vindicación de sus formas y sus usos figurativos y por lo mismo estéticos.

Afirmar que la poesía constituye esa reserva supone referir, nuevamente, como lo definiera Hörderlin, que la poesía es la fuerza que une “el más peligroso de los bienes” con “la más inocente de las ocupaciones”. Interrogarnos sobre qué significa habitar “poéticamente el mundo” nos remite precisamente a la pregunta de hoy, qué significa “habitar poéticamente la ciudad”.

Rainer María Rilke, el poeta nacido en Praga, escribe, reflexionando sobre París:

Pues las grandes ciudades están, Señor

perdidas y deshechas

es la mayor tragedia cual fuga ante las llamas

y no hay consuelo que pueda consolarlas

y así transcurre su pequeño tiempo

ahí viven seres mal y penosamente en profundos cuartos

tímidos de gestos

con un temor más hondo que un hato primerizo

y afuera está tu tierra que vela y que respira

mas ellos están ahí sin que ellos más lo sepan

Ahí crecen los niños junto a las ventanas

y siempre se levantan bajo la misma sombra

e ignoran que las flores afuera llaman hacia un día de sol,

felicidad y viento

Y tienen que ser niños

pero niños tristes.

Este poema muestra la dimensión alienante de la ciudad premoderna, aquella donde el hombre apenas podía contar con unos servicios mínimos, precarios. La ciudad sórdida y tenebrosa, sucia y fétida, cruzada de fábricas donde se apiñaba una población famélica de trabajadores casi esclavos, niños incluidos; pero también la ciudad decadente y opulenta que ya desde entonces comenzaba a erigirse y que daría paso a las grises e indiferenciadas metrópolis del siglo XX. Es la ciudad asociada a la pérdida del sentido de vivir, a la alienación.

Allí el poeta entrevé la ciudad padecida como una especie de maldición. Un dolor más derivado del error. Ciudades de la posguerra, cuya espacialidad se tendía monótona y triste para albergar el sufrimiento de los sobrevivientes.

Esas ciudades no pudieron ser más que el reflejo del momento oscuro atravesado por la humanidad, y la búsqueda de la salida a través del industrialismo masivo, que termina por quebrantar aún más los vínculos con lo esencial.

No obstante y paradójicamente, la poesía sigue allí; y entre la vida miserable y el equívoco, es un fuego rebelde que se niega a la muerte.

La gran revolución entonces, sigue siendo la palabra que edifica, que funda aquello que el hombre merece cada vez con mayor urgencia.

Pero Vivir es, de alguna manera, buscar un lugar. Es deambular por el espacio y tratar de encontrar un rincón propio, un punto en ese espacio. Y eso es consustancial al ser humano, es parte del dolor y del misterio de la vida. En ese sentido el tema del habitar, el tema de la ciudad, va mucho más allá de todo, es sinónimo de hacer la vida. Es una experiencia, como aparece en ese poema, plena. Enfrentar el tema de la ciudad es enfrentar el tema de la vida. Y enfrentar el tema de la vida en la ciudad va siendo el tema poético por excelencia que nos queda, comprendiendo, al hablar de poesía, que la poesía abarca pues, no sólo el lenguaje escrito, verbal tradicional sino todas las demás disciplinas de la creación: el cine, la televisión, el video, la música, el teatro, la novela, la danza, la arquitectura e incluso la ciencia, mirada como producto del espíritu, como puente entre lo real maravilloso y lo real posible.

Pero el malestar expresado por Rilke, no pertenece sólo al final del siglo XIX y comienzo del XX. Desde la aparición del concepto de la Polis griega, cuando la ciudad se convirtió en el espacio propio del hombre y comenzó a restringir en ella los ámbitos de lo sagrado, es decir, de lo divino para darle paso a lo profano como dimensión concreta de la existencia, la unidad original mítica fue quebrándose hasta derivar con el tiempo en ese territorio fragmentado y disperso que siglos después hemos llegado a heredar como estructura de ciudad. Quizá no ocurrió esto en las remotas civilizaciones anteriores donde la presencia vital de los dioses, sus templos, la noción del mito y lo sagrado mismo, sus objetos, sus emblemas, sus signos, su memoria, su palabra estuvieron ligadas permanentemente a una práctica cotidiana, un vivir, un quehacer constante alrededor de éstos. La desacralización de la vida en general, la pérdida del sentido primordial de lo divino, lo mágico, la visión cosmogónica, hizo del hombre moderno, aun desde Grecia y Roma, ese ser desarraigado, insatisfecho, alienado que tan común nos parece ahora en cualquiera de las ciudades contemporáneas.

De la poesía, de su asunción profunda en la psiquis humana, deviene la ciudad, como memoria colectiva, como construcción espiritual sagrada. Como un acaecimiento inevitable, la actitud poética frente a la ciudad, se topa con el hallazgo permanente de la conciencia colectiva que sin detenerse, escribe su alma en las calles y las fachadas y las tiendas y las plazas y los teatros y los templos. Es seguro que las fuentes de la ciudad, devuelven el corazón a las cascadas salvajes y los ríos; como también es seguro que el temblor contaminado de su aire, nos hiere y nos humilla...puesto que no hemos sido capaces de mantener el paraíso.

A la escritura silenciosa grabada en todos los muros de la ciudad, le es correspondiente una lectura poética, un habitar con el tacto, el olfato, el oído, la mirada... un descubrir perpetuo del significado último, de la esencia superior de la vida, plasmada por los hombres en los paisajes iniciales.

Así, la ciudad, no podría ser más sus muros, ni sus puentes, ni sus avenidas, ni sus campos primeros sembrados de asfalto. Nunca lo fue.

Pero sí, lo que yace oculto detrás de sus muros y sus puentes y sus monumentos, aquello que canta bajo su asfalto, el espíritu que habita sus lugares todos y que es quien finalmente le otorga el sumo sentido a las manos humanas que yerguen los imperios desde el polvo humilde y disperso.

Que la poesía es entonces memoria de lo sagrado, que ella nos redescubre la fuente del ser y de la vida original del hombre, no es por supuesto, una idea nueva. Es lo que han repetido en diferentes lenguas y géneros, los grandes maestros, los visionarios, los poetas de otros siglos hasta el presente. Precisamente es esta idea la que nos llama ahora a pensar la ciudad como un espacio poético, es decir, como un espacio sagrado sólo porque en ella habita el hombre, sueña, ama, lucha por alcanzar su trascendencia, por encontrar nuevos caminos en el tiempo y construye a partir de una gran herencia histórica un futuro duradero, colectivo, más allá de sus simples límites individuales.

Habitar la ciudad poéticamente es así, tomar conciencia de ella como herencia viva de una cultura, insertarse en su esencia ancestral para revivir cotidianamente en cada gesto, cada acción, cada palabra o pensamiento que produzcamos, una intención más alta, ideal, de ética, de moral, de trascendencia. Todo lo contrario a abandonarnos pasiva y estúpidamente a la mediocridad, la banalización de la conciencia, la desesperanza y el miedo. Todo lo contrario a permitir que la ciudad se convierta en ese espacio de negaciones, exclusiones, desplazamientos, violencias, soledad, tinieblas y miseria que por tanto tiempo la han poblado. La poesía como lenguaje de la claridad y elevación de la conciencia colectiva cumple en ello su papel aun cuando parezcamos no verla, no entenderla. Es esta forma de mirar lo que permite una actitud poética, es decir, aquella manifestación activa del hombre que vive despierto, atento y abierto a la vida de la ciudad. Aquella que le hace ver de modo dinámico y profundo su propia cotidianidad en el espacio que la ciudad como lugar de encuentros, de creación, de lucha y resistencia, le brinda. La que aguza sus sentidos, la que le hace descubrir el rostro oculto de los otros, sus sentimientos, sus sueños. La misma que una mañana le inspira a emprender un nuevo proyecto por encima de las circunstancias adversas que le rodean. La poesía es esa fuerza interior que nos predispone para percibir belleza donde quiera se encuentre, más allá de las rutinas y convencionalismos que nos rodean.

Es la capacidad nunca vencida de imaginar el mañana, de arriesgarlo todo por una causa, de apostar por el futuro, por la vida misma, por el hombre más allá de sus circunstancias materiales. Y la ciudad es ese sueño de todos, ese acervo infinito de posibilidades, esa suma de esfuerzos, de batallas, de éxitos y fracasos. No es sólo un espacio arquitectónico como bien lo han planteado hasta ahora los más grandes pensadores y los arquitectos reales, entre ellos, el gran maestro Rogelio Salmona, quien no se cansa de repetir que “la arquitectura tiene que integrarse a la naturaleza y no sobreponerse a ella”.

Hay que asumir la ciudad con la misma capacidad creativa que tenemos para elegir nuestro destino, para entregarnos y luchar por ella aun a cuenta de todos los riesgos y dolores. La actitud poética así lo exige, y es por medio de esa actitud poética del habitante citadino para sentirse libre, para recrearse, para reinventarse en medio de los espacios urbanos por lo que se salvará la ciudad del futuro, la ciudad soñada. No por la sola sujeción pasiva a la norma aborregada, al rebaño. No. Es por la actitud crítica, lúcida, comprometida y sensible por lo que finalmente hará de ella nuevamente una unidad mítica, sagrada y humana. La ciudad asumida como destino irrevocable nos abre de inmediato sus verdaderos secretos, su esencia, nos revela su belleza y su fatalidad. A propósito de eso, este fragmento del clásico poema de Constantino Cavafis puede decirnos algo todavía:

No hallarás otras tierras,

no hallarás otros mares, la ciudad te seguirá.

Vagarás por las mismas calles y en los mismos barrios te harás viejo.

Y entre las mismas paredes te irás encaneciendo,

siempre llegarás a esta ciudad.

Para otras tierras, no lo esperes, no tienes barco,

no hay camino, como arruinaste aquí tu vida,

en este pequeño rincón, así en toda la tierra la echaste a perder.

Porque vivir poéticamente la ciudad es entenderla extensión orgánica de nuestro propio ser, nuestra casa, nuestra propia vida, sin que podamos ya jamás huir, separarnos de ella y olvidarla pues tendríamos, en consecuencia, que morir entonces. Silvia López Rodríguez lo dice bellamente en algún ensayo publicado por la universidad de Granada (España), citando además, al filósofo Merleau-Ponty:

“La ciudad percibida se hallaría entramada en nuestra historia personal, pues sería la ciudad tal como nosotros la vemos, un momento de nuestra historia individual. Por lo que, la ciudad no sería una realidad en sí, sino para nosotros, teniendo en cuenta que “la cosa no puede ser jamás separada de aquel que la percibe, no puede ser jamás efectivamente en sí, porque sus articulaciones son las mismas que las de nuestra existencia y se pone al principio de una mirada o al término de una explosión sensorial que la inviste de humanidad” (Merleau-Ponty 1969:.370). Esto según Merleau-Ponty sería únicamente posible partiendo de un sujeto comprometido y no de una conciencia de testigo.”

La ciudad es una construcción poética, quizá la más ambiciosa de todas hasta el presente. En ella se inscribe la memoria toda de la humanidad, su historia, todas las historias. Es en sí el gran hipertexto. Y también el gran palimpsesto que de continuo se rehace sobre los múltiples lenguajes, signos y símbolos que la expresan. La ciudad no está, por tanto, reducida a sus límites físicos. Son ellos, sólo parte, transitoria, desechable incluso y en permanente recambio, del organismo vivo que conforman sus habitantes y de lo que éstos proyectan en el tiempo espacio que crean. La ciudad es el hombre que la sueña aun antes de ser fundada. En este sentido son tan reales y legítimas las ciudades míticas del pasado: Nínive, Tebas, Tiro, aunque ya no existan, como las “ciudades invisibles” que creó Calvino en la literatura, pues, son ellas potencia pura, fuente e inspiración de las que todavía queremos construir.

Cuando se habla de construcción poética de la ciudad, es evidente que no hablamos sólo de construcción lógica, racional. La poesía incluye la lógica, lo racional pero va más allá de estas categorías, es decir, admite además, y con gran fuerza, las categorías y manifestaciones transracionales, transversales de la realidad en su sentido integral. Sabemos, hoy más que nunca, a la luz de las últimas teorías de la cuántica, lo que esto quiere decir: el concepto de realidad ha abandonado ya, por fortuna, los terrenos taxativos del orden mental primario, simple y plano. Nos adentramos en otros niveles, más complejos y exigentes de sensibilidad y de misterio a medida que indagamos sobre la percepción de la realidad misma. Y es precisamente este el punto desde el cual abordaremos en adelante el concepto de ciudad en el presente ensayo.

3 . La ciudad, la casa

Tomo en mis brazos el recuerdo de la ciudad, y siento sus calles como los corredores de mi casa; aquellos que conducían mi corazón a mi cuarto...a mi cuna.

C.Trujillo

I

Para los hombres primitivos, quizá vivir, era encontrar un lugar en el paisaje, correspondiente a su alma, a sus necesidades primeras, a su miedo.

Entonces, en esa mirada remota, vivir y habitar se asimilan en una ecuación de igualdad, que palpita secretamente en el corazón.

Para los nómades y cazadores, el fuego y la intemperie eran la casa, el caparazón protector, los muros invisibles que guardan la vida.

Para los recolectores de frutos y sembradores, el hogar era la cueva; la piedra que contenía los sueños.

Así, habitar un lugar, era fundar un hogar en él, construir relaciones con la naturaleza circundante y con los semejantes, también moradores del mismo espacio.

Albergarse entre muros de piedra o barro o paja o arcilla cocida o concreto, es entregarse a percibir el mundo, a soñarlo bajo la sombra de una casa...

La casa con su patio para recordar el cielo, con sus corredores para no olvidar el agua, con sus sótanos para evocar el misterio, con sus azoteas para respirar la libertad; la casa con sus murallas para protegernos, con sus ventanas para retener el horizonte... la casa con sus cuartos cálidos y penumbrosos, para sentir la tierra.

La casa de pan y leche, la casa del alfabeto y de las sílabas, la casa de viento, la casa de ser felices, la casa donde se aprende a amar, la casa de las bendiciones y la cólera, la casa con sus algarabías y sus silencios. La casa para purificarnos del afuera, para sabernos, para encontrarnos. La casa para lavarnos del dolor, la casa para imaginar, la casa para pensar la existencia, la casa para recordar las estrellas; la casa para viajar sin salir. La casa de los hallazgos y la magia, la casa de las conjuraciones...la casa del tiempo.

La casa para pedir clemencia cuando estamos solos, la casa para olvidar, para reposar el cansancio cuando estamos tristes...la casa del regreso, la casa para volver a empezar, la casa para indagar y tener fe. La casa que tiene un lecho para tu cabeza... la casa que contiene mi casa, la casa de la poesía...la casa de Dios; la casa para morir... la casa.

II

A la manera en que la casa se puebla de rostros del tiempo, de perfumes, de sentidos, de vivencias y de palabras; lo hace también la ciudad.

La ciudad que canta bajo la piel de las casas, ahora se arroja a las calles para entrelazarse con destinos disímiles, para sumarse al peregrinaje del afuera y abandonar su aliento en la fatalidad de los encuentros con que se teje la vida.

Una sincrónica y hermosa correspondencia, anima el alma y la breve espacialidad de la casa, a superponerse al alma y a la plantilla energética de la ciudad.

Entonces la ciudad, como la casa, se encargará de ordenar el mundo de aquellos moradores en torno a la imaginación, al sueño de un lugar ideal para ser, para edificar un destino, para comprender, para pensar, para celebrar la vida. Pero por supuesto, en la ciudad como en la casa, como en el corazón de un hombre, coexiste el absurdo a la par que la belleza, lo efímero e igual lo permanente; la fría razón a la vez que la devoción, la virtud y el vicio, la eternidad y lo fugitivo; y todo ello en la índole que le es propia, a ese hombre, a esa casa, a esa ciudad.

Acerca de esta tensión continua, de esta duplicidad irresoluta e inmanente en la naturaleza de las cosas, dice Franco Rella de un texto de Baudelaire sobre Paris: “La belleza tiene relación con la vida, sólo si acoge la disonancia, toda la disonancia, exasperándola hasta el punto en que en ella se abre el paisaje a través del cual se visualiza el signo de una posible redención”.

Los espacios públicos de una ciudad son, de cierta manera, la despojada intimidad de una casa, de un hombre. La parte pública de la poesía se hace visible en la manera de edificar, de materializar los pensamientos y las ilusiones.

Así como se yerguen nuestras fantasías al interior de nuestro cuarto y de nuestra casa, se levantarán nuestras ciudades, quiméricas o reales, terribles y bellas, miserables y espléndidas, oscuras y luminosas, justas y mezquinas, cristalinas y obscenas, bondadosas y vulgares...Todos los rostros de la ciudad, como todos los rostros de un ser, caben en ella.

Al igual que nos es propia la búsqueda de la perfección y la armonía, nos es natural el camino espinoso que nos conduce a ellas.

Así como la casa alberga nuestro fuego y nuestra sombra, la ciudad albergará también nuestros tormentos y desdichas, nuestras búsquedas, nuestros miedos, nuestras máscaras y nuestras verdades, nuestras vanidades y nuestra humildad... Ella ha sido testigo de nuestro infierno y lo será también de nuestro cielo.

Ahora como un grito, la ciudad, esa casa de la poesía.

III

Los pasos primeros por la ciudad

retumban al principio en el patio de la casa.

La casa...el cuarto donde Dios, olvidó entrar.

Un caos triste despeña el corazón al fondo,

toda la casa es un llanto callado...

Las manos, cólera sin rumbo

apretadas contra el pecho, sin decir nada

rezan.

 

CLAUDIA CECILIA TRUJILLO BARRERA, Medellín, 1962. Poeta y Arquitecta de la Universidad Nacional de Colombia (Sede Medellín), con postgrado en Gestión Empresarial para la Arquitectura de la Universidad Bolivariana de Medellín. Cofundadora y coeditora de las revistas de divulgación poética “Gerifalte”, “Susurros Digital” y “Poética” . Presidenta y cofundadora de la Casa de Poesía Porfirio Barba Jacob en Medellín. Ha participado, en el XI Festival Internacional de Poesía de Medellín (2000), en el X Festival Internacional de “Poetas Mujeres en el País de las Nubes” (México, 2002) y en el II “Encuentro de Mujeres Poetas de Antioquia (Medellín, 2004). PUBLICACIONES: Convocada para hacer parte de la Enciclopedia  de Literatura Antioqueña Clásica y Contemporánea  en multimedia PC editada en Medellín ( Colombia ) en el año 2004 por el IDEA y la Gobernación de Antioquia. PUBLICACIONES EN ANTOLOGÍAS POÉTICAS: “Madame Destino” , Selección Poética de la revista nacional de poesía Punto Seguido; “ La Palabra y el Viento” , Antología de Mujeres Poetas en el País de las Nubes (México) y Memorias del II Encuentro de Mujeres Poetas de Antioquia. PREMIOS Y MENCIONES : Ganadora del XIV Premio Nacional de Poesía del Museo Rayo de Roldadillo, Valle (2004) con su obra “Extranjera” . Finalista en el I Premio Nacional de Poesía “Carlos Héctor Trejos” en Riosucio, Caldas, (2002).  LIBROS PUBLICADOS: Los Días Sagrados, (Poesía, 2003), Fondo Editorial Universidad EAFIT de Medellín, Col. y Extranjera (Poesía, 2004) Ediciones Embalaje del Museo Rayo de Roldadillo, Valle. Actualmente se desempeña como Directora de Obras en la Compañía Constructora A. I. A .S A.


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